SANTA FAZ

   Desde los principios de la fundación de la Orden del Espíritu Santo, estuvo muy arraigada en la misma la devoción a la Santa Faz del Señor. Se ha podido constatar cómo a través de los siglos y a pesar de las enormes distancias entre naciones, donde ésta estaba establecida, sin ninguna comunicación entre sí, se mantenía pujante la devoción a la Faz de Jesús. 

   Buscando en los orígenes de esta devoción no dudamos en afirmar que procede directamente del propio fundador y así lo confirma uno de sus primeros biógrafos (P. Saulnier en su libro ”DE CAPITE SACRI ORDINIS SANCTI SPÍRITUS”). El espíritu de Guido había penetrado hondamente en el Capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, sobre el cual cimentó su Regla, en el que el Jesús se identifica con los más pobres y necesitados y halló en la Santa Faz del Señor la imagen más representativa de la humanidad sufriente que él quería remediar y a lo que se sentía llamado por vocación divina.

   No es de extrañar, pues que, el Sumo Pontífice Inocencio III amigo personal de Guido y gran conocedor de su espíritu consolidara esta devoción vital en la Orden, instituyendo una magna procesión con el Divino Rostro que, partiendo del Vaticano hacía estación y finalizaba en el Hospital del Espíritu Santo, como queda reflejado en el enlace “HOSPITAL DEL ESPIRITU SANTO”.

   La Orden ha mantenido esta especial devoción, como puede verse en su Ritual de preces, a la que dedica días señalados.

 

Consagración a la Santa Faz

   ¡Hermoso y divino Rostro, en el que se complacen y deleitan los ángeles! ¡Rostro de Cristo, que exhalas las fragancias de la unción y de la misericordia! ¡Rostro de Cristo, alegría del cielo, cuya belleza ansia gozar toda la tierra!

   ¡Rostro sellado con los virginales besos de María, acariciado por el castísimo José, venerado por los pastores, adorado por los reyes, seas por siempre bendito! ¡Rostro lleno de sudor en el huerto y de salivas en el pretorio; abofeteado por los ingratos, velado por los inicuos, seas para siempre bendito! ¡Rostro inefable, que quedaste impreso en el lienzo, para premio de la ternura y compasión de una piadosa mujer! ¡Rostro sagrado, reliquia preciosa venerada constantemente en nuestra Orden del Espíritu Santo, te adoramos en Espíritu! ¡Rostro de Cristo nuestro bien, salud y salvación, concédenos el continuo recuerdo de tu adorable presencia, míranos con tus dulces ojos, escóndenos en tus inefables miradas, para que seamos dignos de oír de tus labios: Venid benditos de mi Padre a poseer el Reino en el tiempo y en la eternidad! Amen.

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